I-C-O

Acabo de terminar el juego y aún no puedo creer que haya acabado. Uno no quiere despertar de ese sueño bañado en las brumas que rodean al misteriososo castillo que encierra a la áun más misteriosa hija de las sombras que es ICO, pero por desgracia, como todo sueño, tiene un fin, y despertarse conlleva enfrertarse de nuevo a la realidad que nos ha tocado sentir. Pero volvamos al juego…

El señor Fumito Ueda ha realizado una obra maestra de principio a fin y en todos los sentidos: los gráficos, los escenarios, el tratamiento de la luz, los sonidos, el control…todo encaja perfectamente para hacernos sentir dentro del castillo misterioso en el que se desarrolla la historia. Estos aspectos por separado no son perfectos, pero contribuyen para conseguir un conjunto perfectamente equilibrado que cumple con creces el objetivo de trasladarnos a un sueño, corto pero tremendamente emotivo. El principal defecto que se puede achacar a este título puede ser su corta duración (unas seis horas), que tras el excelente sabor de boca que nos deja nos sabe a poco. Hay otros aspectos mejorables, como el blending de las animaciones de ICO, o ciertas texturas que no quedan filtradas o presentan un resolución ciertamente baja, pero como diría aquel, es simplemente por criticar, porque la verdad, poco o nada se le puede achacar al juego.

Ueda bebe de las fuentes de Legend of Zelda, pero extendiendo el concepto de mazmorra a todo un universo, compuesto en este caso por “el castillo”. Los puzzles son inteligentes, y aunque en ningún momento resultan exasperantes para quienes estamos experimentados en el manejo del Link, su solventación provoca una sensación muy reconfortante. El verdadero valor de ICO no se encuentra en sus puzzles, sino en Yorda, la chica que nos acompaña en nuestra huída del castillo, y el hecho de tenernos que preocuparnos por ella, haciendo que nuestra implicación en el juego no se base simplemente en mover cajas o activar interruptores. Se consigue de esta forma lo que algunos han dado en llamar “juego emotivo”, de una forma parecida a la que se logró en Pikmin, en la que nos sentimos responsables de los pobres bichos para acabar soltando una lagrimilla al despedirnos de ellos al final del juego (menos mal que hemos vuelto en la segunda parte). De la misma forma, el magnífico final de ICO nos hace que sea dificil contenernos al ver el desenlace de la aventura, y si esperamos a que pasen los créditos completamente obtendremos una recompensa que jamás había visto en un juego.

Como podéis apreciar, en este análisis no se habla ni de gráficos ni de sonido, no porque no tengan relevancia, sino porque por un lado, en cuanto a la imagen, es de gran belleza, no impresionante, sino bella. Podemos encontrar gráficos mejores en otros títulos, pero los escenarios son preciosistas, relajantes y enigmáticos. Hay fallos, que parecen despistes o que ponen en evidencia la inmadurez de la PS2 en la época en la que se lanzó el juego, o las posibles prisas, pero que no molestan para nada. Respecto al sonido, es más bien escaso, limitándose a los sonidos provocados por nuestras pisadas u acciones, y la música es prácticamente inexistente, aunque realmente evocadora. Una pena que no se haya aprovechado al magnífico compositor, pero de esta forma jamás cansa, ya que se trata de un juego reflexivo de poca acción.

La excasez de acción es uno de los puntos que sus creadores creen que limitó el éxito del juego entre el rebaño de las masas, pero está bien resuelta en su reducida aparición. Para eso ya existen otros títulos.

Conclusión: indispensable.

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